Egocentra sin título universitario

Encontré el pretexto más sobado: decirte que me había gustado tu nota sobre ese restaurante pretencioso. Y sí, sí me gustó, joder, pero ésa no era la razón principal.

Era la excusa barata para seguirte la pista. Quería preguntar si te habían pagado con una cena o con qué chingados. Alargar el jodido contacto para ver si te dignabas a decirme algo, o si yo por fin me atrevía a invitarte a salir. Un café, un vino, lo que fuera. Necesitaba la excusa para besarte, para perder el tiempo charlando y, de una vez, confirmar si eras tan interesante como el holograma que me he fabricado, o si toda la mierda que te puse encima era verdad. Me urgía saber qué tan buen animal eras en la cama, y si no lo eras, obligarte a que tú mismo lo descubrieras.

Parece que eres otra víctima de mi toc. De esta obsesión sin remedio. No recuerdo al primer fulano, solo sé que este tal Armando es la primera obsesión consciente de este trastorno. Mi asunto es engancharme con hombres inalcanzables, o con tipos con la disponibilidad emocional de un cajero automático descompuesto, o simplemente con fulanos a los que no les gusto.

Tengo en la cabeza la idea de tenerte de amante por una temporada. Es complicado. Me pareces demasiado pulcro. Uno de esos que se lavan las manos dos veces.

Hoy, a mediados de octubre, me doy cuenta de que te extraño como a una vieja borrachera y que estás en mis sueños. Te abrazo dormida. Sé que cuando te vea, lo primero que haré es soltarte esa cursilería barata: te extrañé.

Extraño tenerte detrás, que ni el saludo me des. Extraño que no me dirijas la mirada, ni la punta del zapato. Extraño ese mensaje que te mandaba con cualquier pretexto de trabajo. Extraño muchas cosas de ti, pero, sobre todo, extraño que no puedo demostrarte que soy mejor que la idea aburrida que te has hecho de mí. Cada que tengo esa sensación mi mente me remite a la canción de The Clash, “Police On My Back” (Sandinista!, 1980) no en el sentido político, es esa sensación de persecución.

Siento esa urgencia animal de olerte, de besarte, de tocarte como a un objeto que debe pertenecerme.

A veces pienso que lo que contabas lo hacías para que yo lo escuchara. Me gustaba creer que me escaneabas con el rabillo del ojo, que sí te gustaba, que al menos era una sombra que podría interesarte un poco.

Quiería que te acercaras más. Olerte. Morderte el cuello. Quería el puto código que me digera que sentías algo. Que valía el riesgo.

Solo exististe en mi mente.